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 La historia de Ghislaine Dorsaz no es una historia común. Llegó a Policarpa con los ojos brillando de esperanza, pero sin saber qué la esperaba. 

En 1973, una mujer suiza llegó a Policarpa, Nariño, sin más escudo que su coraje y sin más equipaje que su vocación por los niños. Lo que comenzó como una visita con una ONG terminó convirtiéndose en un proyecto de vida: un hogar infantil que desafió la pobreza, el olvido y la violencia con poesía, dibujos y panes compartidos. Hoy, Ghislaine Dorsaz sigue allí, luchando por muros firmes, pero sobre todo, por sueños que no se derrumben.

Ghislaine Dorsaz por los caminos de Policarpa en su juventud.


Hoy, el hogar que construyó con sus propias manos se enfrenta a la fragilidad de sus muros, a la indiferencia política y a la escasez de recursos, pero sigue vivo gracias al sacrificio de una comunidad que se niega a rendirse. ¿Cómo logró Ghislaine construir un faro de luz en medio de la adversidad, y por qué en Policarpa, a pesar de sus cicatrices, sigue viviendo “sabroso”?


Una mujer suiza, que se había criado en un barrio popular de Paris, con su padre, un obrero incansable, que trabajaba doce horas al día. Desde niña, Ghislaine vivió la pobreza, pero también aprendió que la adversidad tiene dos caminos: el llanto o el coraje. Ella eligió el segundo. Con esta filosofía, llegó a Colombia, dispuesta a hacer una diferencia.

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